La liebre y el zorro


La liebre sentada en el estante de la biblioteca miraba al zorro con curiosidad.
 Era una liebre de papel que alguien había aprendido a hacer la tarde anterior.                                  
          El zorro  leía la fábula para entretenerse un rato.

         De pronto la vida fue todo papel, frágil y multicolor;
 la liebre pegó un gran salto y comiendo una zanahoria, dijo:

 - ¿Cómo te llamás?
-Zorro Plateado de las Pampas, y vos?
-Yo soy Liebre Rápida- y en una carrera de pocos segundos llegó al
  extremo del estante.
El zorro la miró y murmuró – esta sí que lleva bien el nombre.
-Me gusta mucho el papel plateado con el que te hicieron, dijo la liebre.
-Bueno, bueno, no es para tanto. Ya se que soy hermoso.  
-  A mi me gustan mis pelos color pardo- dijo la liebre- y se pasó la pata para alisarse
los bigotes.
  

          Al zorro plateado  un raro instinto le recorrió la columna vertebral y sin poder
evitarlo abrió la boca e intentó capturar a la liebre.
          La liebre acostumbrada por miles de años a ser devorada, había aprendido
 a correr y pegando un salto, empezó a dar vueltas por el living.
          Subía y bajaba por las sillas, se colgó de la araña de caireles e intento esconderse
 debajo de la mesa.
          El zorro la perseguía pero como era más grande, se golpeaba en los muebles,
 en las paredes y en las puertas.
          Poco a poco el papel plateado, se llenó de abolladuras y perdió su forma.
          Ya no fue mas el zorro plateado de las pampas, ahora era algo parecido a una
 pelotita plateada para el árbol de Navidad.
          La liebre se subió de nuevo a la estantería de la biblioteca, tiró la zanahoria
  y secándose el sudor murmuró:
-          Uf como me cansé- y suspiró aliviada.
           Después de un rato buscó con la mirada la cosa redonda en la que se había
convertido el Zorro Plateado de las Pampas.
         
           Mientras se compadecía, se abrió la puerta y entro Marcia, la asistente que
 hacía la limpieza.
            Traía plumero, escoba y un tacho para guardar la basura.
           Empezó a repasar los estantes con mucha energía. Mientras pasaba el plumero,
miraba con curiosidad  los lomos de los libros.

           En un momento se distrajo y con el plumero tiró a la liebre de papel
 debajo del escritorio.
          Ahí gemía el zorro su destino navideño.
           La liebre, quiso hablarle con afán de consuelo; pero pronto Marcia los barrió
 y los tiró al tacho de basura.
          Ahora Marcia tenía apuro. Se hacía tarde. Cuando terminó,
 vació el tacho en una gran bolsa de plástico negro.

            En la vereda pasó el camión recolector, la bolsa voló por el aire y la liebre y el zorro
pese a su antigua enemistad, se abrazaron con fuerza.
           Tenían miedo. Después el camión vació su carga en un basural del conurbano.
           Alguna lágrima goteó en los ojos de La Liebre y lo abrazó más fuerte.

           Pronto un viento pampero se levantó revolviendo los restos de la
 vida humana y rodaron bolsitas de plástico, objetos pequeños, y papeles.
          La Liebre y el Zorro volaron por el aire un largo rato.
Mientras, el viento deshacía la pelotita navideña y  el Zorro Plateado de las Pampas
 recobraba su forma original.
         La Liebre miró a su alrededor y aspiró el perfume del campo.
Ver el  azul del cielo, los árboles, los pájaros y la laguna, la emocionaron.
Nos salvamos -dijo el zorro. - Nos salvamos! dijeron a la par.

       Atravesaron bañados, maizales, campos de alfalfa, sortearon algunas vacas y se
 detuvieron al ver un grupo de casas rodeadas de un monte.
 Oyeron voces y se acercaron a la matera.
      
       Un paisano contaba un cuento. Los otros escuchaban en silencio tomando
mate.

                                                                                     Raquel Saporiti
                                                                                     Noviembre de 2019
                                                                                       

Balada matutina en el microcentro.


Cubre una luz tristísima la calle,
dolorosas lagunas se dan vuelta y se tapan con mantos de tierras lejanas.

Crecen los olvidos desde el asfalto y derraman palabras y forman arcos romanos y triunfales contra la luz rectangular del cielo.

Mientras suceden los trabajos de apariencia, veloces y traumáticos,
cataratas de brisas se deslizan por los cables, horadan el espacio con su vuelo, juegan y confunden las conversaciones del banquero y su cliente,
conectan  el teléfono a la oreja de la luna Vulcano y trágicos rumores
desnudan  los oídos: han estallado las flores de la primavera.

Los pétalos traspasan las narices, ojos y bolsillos
_de los desprevenidos transeúntes, causando innumerables inconvenientes
al normal desarrollo de los negocios_ se lee en las portadas de los diarios.

Los funcionarios, perdida la razón por aroma a jazmín y risa de llanura,  
mujeres  paganas y chicos desnudos corriendo por la arena, mueren de amor en la cintura de la playa...

 Ahora hay una luz muy delicada que ilumina los contornos  
 y mundos vestidos de amarillo por el sol que abraza y canta.
.


                                                                                            R. Saporiti.

La maratón

La maratón



Correr, correr, correr. Hacía unos minutos había recibido el llamado dándole la noticia.

Los camiones llegaron a la esquina de la librería, los soldados  pertrechados con armas largas. Entraban con  prepotencia casa por casa abriendo y revisando cajones, muebles, bibliotecas.

Tenía que hacer doce kilómetros sin auto y en la locura que da la desesperación, no se le ocurrió otra cosa que correr para ayudar a Luis.
Así iba sorteando esquinas, corriendo por la avenida.
Correr, esconder los libros, ayudar a Luis. Correr, esconder los libros ayudar a Luis.

Cada esquina hoy tenía otro nombre, nombres de escritores, de libros
que ocupaban estantes, gabinetes, lugares prohibidos, lugares sinuosos,
lugares oscuros.

Lidia ya no tenía aliento y por un instante se sentó en el cordón de la vereda. Le vino a la memoria la quema de libros, en muchos momentos de la historia

Descansó un instante y se puso de pié. Hay que correr cuando se está en peligro. Sesenta, setenta, Kafka, ochenta, noventa, el Libro Rojo de Mao. Cien. Ya faltaba menos. Ciento diez, el Che. Ciento veinte, Leopoldo Lugones.  
Cuando dobló la esquina, los vio. Eran decenas de soldados. Eran doce camiones. Eran muchas armas.

Respirar, respirar, respirar. Profundo, hondo, profundo.

Pisó el umbral y miró a Luis.
 -¡Cómo corriste! -  Y la abrazó. - No te preocupes, está todo guardado.

- ¿Vinieron?
- No. Ni van a venir. En una casa alguien escapó y encontraron armas. 

Entonces Lidia, se puso a ordenar libros y llenar vacíos. Los inclinaba
los acostaba en los estantes. Llenaba espacios, acunaba lecturas, exhibía
portadas.

Cuando terminó se sentó en el umbral y miró los camiones, la partida.
Levantó los ojos y a través de los tilos de la vereda comenzó a contar
el paso de los vehículos: uno, dos, tres...
           

El cortejo

El cortejo                                                                                                    



     Iba distraída, caminando por la calle Alem. Miraba los árboles, el cielo frío y azul con ése azul único de la Argentina. Cuando me disponía a cruzar la avenida, se detuvo un cortejo. Sin darme cuenta, leí el nombre impreso en seda oscura con letras doradas: Raquel Saporiti, decía. Sorprendida pensé: pero están locos, si yo estoy caminando por la calle Alem.
     Sin embargo alcancé a ver los pasajeros de los autos: todos conocidos.
Ahí estaban mi hermano Carlos y también el mas chico, Robertito. Mis sobrinos, algún poeta amigo y mis amigas. Todos llorosos y angustiados.
     Rápida me puse a la par del coche fúnebre. Y sí, había muerto ayer de escarlatina.
     Ya que estaba miré las flores: profusión de rosas y jazmines. ¡Qué suerte!  ¡Justo las flores que mas me gustan!
     Cuando llegamos al cementerio el cortejo entró. ¡Qué derroche! Gastar tanta plata en cementerio. Hice una carrerita para llegar al agujero abierto que oscuro me esperaba. Me asomé y miré. Todavía estaba libre.
     Vino un cura y empezó a hablar. _  mujer de grandes méritos, madre amantísima hija devota. _ Qué mentiroso, pensé. Si yo no tuve hijos y tampoco méritos. El religioso no me conocía y decía lo que todos esperaban.
Alguno se sonaba la nariz y otros con anteojos negros, mantenían la incógnita del dolor tras los cristales.
     Crucé las piernas y me senté en el pasto. Una hormiga me picó el tobillo y  la quité de un manotazo. O eran ciegos o estaban distraídos porque nadie se dio cuenta.
     Así fui bajando muy despacio al hoyo. De pronto sentí un fuerte golpe en el pecho. Era el primer terrón. Después siguieron otros. Me puse las manos en la cara para que no me lastimaran los cascotes. Pronto los deudos se calmaron y el cielo se nubló.
     Charlaron un ratito un poco apesadumbrados y lentamente salieron a la avenida.
     Yo quedé sentada mirando las flores y la placa.
     Ahora estaba muy adentro del mundo.
     Los árboles eran los mismos de la calle Alem y el cielo azul con ese azul único de la Argentina, también se parecía.

     Entonces decidí cruzar la avenida.

La modelo

    La modelo   



           En contraste con la imagen, el siente las líneas y el contorno  de su propia densidad.

          La línea de la luz valoriza la tela, la textura le da volumen.
 El está al borde del grito, de la angustia.
         
         La curva de la cadera lo estremece, pero ella no lo mira.
 Parece dormir  y es indiferente al calor de la mano de él,
 que con un dedo toca la zona mas profunda de la curva.
 La piel suave y algo pálida, ahora le parece una falsa visión.
        
         La mira por el espejo y en segundo plano ve su propia imagen al borde.
         Los ojos son apenas un reflejo, una ilusión absurda.
         La verdad ha quedado en la visión, en el contorno de la mujer que aún esta dormida.

          

La manzana

       La manzana


      Son Adán y Eva en la fronda. Sueñan.
La manzana, por alguna razón, descansa en una jaula y  espera el momento.
       El hombre le da la espalda a la mujer con impaciencia.
       La jaula estrecha el espacio entre sus barrotes.  Eva sigue inmóvil tornándose sedosa y transparente cuando Adán la mira.
       Ella está indecisa. Duda de la orden recibida: ofrecerle la manzana a Adán.  ¿Qué efecto producirá en sus vidas si Adán  come la manzana? Ella no se ha atrevido a preguntar.
      Adán mira a la mujer. Se siente solo.
      Pero ella ha decidido esperar,  no toma la fruta y detiene el tiempo entre sus manos.
     Ya han pasado los años y nada evoluciona.
     Adán se pregunta como esta aquí y que hará Eva por fin con la manzana. 

La carrera

La carrera                                                                                                 



    El animal galopa con gracia y elegancia; es el favorito del Gran Premio Nacional. El jinete no lo monta, lo sobrevuela y la tribuna ruge. El caballo es hijo de un padrillo famoso y multipremiado en todo el mundo. El jinete es un veterano jockey de 53 años y adora a este animal que es toda su familia.
     Ambos avanzan por afuera, con la convicción que da la sangre  pura. El jinete no toca la fusta; apenas acompaña la respiración, los latidos del corazón al ritmo de la carrera.

     Pronto el favorito arremete en un último esfuerzo; quedan pocos metros para el disco, cuando el destino se cruza en forma de sombra sobre la pista. Se asusta, calcula mal y rueda entre sus propias patas, quebrándose una mano. El jinete de espaldas, queda golpeado pero a salvo y ve pasar a los caballos hacia la meta final. Se pone de pie llorando, es un pequeño gladiador que llora. Gruesas lágrimas ruedan por la chaquetilla, el sabe lo que le espera al campeón. Se abraza al cogote del animal y le dice bajito: - no te preocupes, adonde vas no hay sombra ni hay olvido -.

Elementos


 Elementos


                                                   I


Escucho el agua deshacer mi sueño con sonido de palabras,
son las lluvias del pasado que se adueñan de mi, ahora que estoy durmiendo.
Octubre. Las lluvias de Octubre inundan mis ojos y ya no miran porque
están cerrados. ¿Seré yo la que sueña el agua? ¿ O estaré despierta viendo
caer los hilos sobre los vidrios de la ventana, que en la vigilia de otro día
cuando era Octubre caía inundando mi sueño?


                                                   II


Todo lo que alumbra arde. La palabra sonora, la campanada al aire propaga
luz.
Me fui a la infancia para verme y una sombra ya desdibujada quería cantar.
El hechizo era azul, la sombra blanca. y yo parada en una esquina te vi pasar
 con la voz en llamas, ardiendo mientras tu luz alumbraba la palabra.        

                                                 
                                                  III


 El hombre vigila su propio sueño, ha estado mirando el verde intenso al
que pisa como volando.
La línea del horizonte se curva, tan nítida, que hubiera podido hacer equili-
brio en su curvatura y perderse pequeño detrás de un molino.
El aire es diáfano, transparente y guarda algo de silencio o religiosidad.
Mientras vigila, el paisaje se va ausentando. Ya no ve tanta claridad y nitidez.
La curva del horizonte se desvanece y no puede caminarla. Poco a poco el mundo desaparece, se diluye, se pierde en la vigilia.
El prende la luz y un cigarrillo. El sofá es rojo como siempre, las tazas usadas
están sobre la mesa y algo del color verde como en el sueño se mezcla en la
espesura de la alfombra. 


Un cadáver exquisito

Un cadáver exquisito





Esa noche sin embargo llovía
y  desde allí, como una estrella
-difusa y pálida luz-
en medio del no tiempo
mi corazón lavé.
Tarde recibí la noticia,
pero no pude mas que abrir
grandes los ojos y dejar de mirar
la lluvia cartilaginosa
de un león azul.

La espera acaricia la soledad
que me acompaña
y cuando cierro los ojos
 veo una luz muy blanca
en medio del no tiempo.
Como un prólogo eterno
vivo porque vivo
esperando tu regreso.                                                              




Mabel Lavandeira, Virginia Vázquez Blanco,
Nora, Andrés Lujilde, Raquel Saporiti, Mabel Wirth,
Teresa Cartes, Pedro Lischinsky.                                                                                 
                                                     
                                                                                                
 Abril de 2015                               

El libro de artista, o el libro objeto

El libro de artista, o el libro objeto


             Los escritores creemos que la poesía  puede encontrarse en todas 
partes y por eso, tal como lo hacen los artistas plásticos, me animé a tomar
un olvidado libro de Cronin, que encontré en un estante oscuro de una 
librería de viejo.
             El libro tenía hojas, tapas e ideas. También una historia. Pero a
nadie interesaba. Decidí modificar su estructura y ver que le pasaba y
que me pasaba. Y nacieron estos libros modificados que son tendencia
en todo el mundo.
             Del artista plástico José Emilio Antón y su página Arte Visual,
tomo estos conceptos:
                                 
                                  “ Entre los precursores inmediatos de los libros de
artista estarían: Mallarme y Apollinaire, los futuristas italianos, los dada-
ístas y los constructivistas rusos, todos ellos vinculados a la ruptura del 
texto y de la página tradicional.”
          
              En lo personal creo que voy al rescate de una nueva forma de 
expresión. Soy curiosa y tal vez los que vean mi trabajo puedan desentrañar
alguna línea, completar e imaginar otra historia, soñar que son posibles estos
libros modificados. Forma, color y poesía. Ese es el mundo en el que vivimos.
          

33 POEMAS y NO ME OLVIDES

VUELAN LAS PALABRAS

ESPERANDO UNA VOZ

33 POEMAS INTERVENIDO

ABRAZO POÉTICO

ROLLOS DEL RÍO DE LA PLATA

NO ME OLVIDES (abierto)

POEMAS PARA MIRAR y DIEZ POETAS ARGENTINOS...


NOVA CENTAUREA

                                                                                           

                     Fotografías de                                                                     Enero de 2015 
                    Cristina Catania                                                                 Raquel Saporiti




Muestra de  Libros de Artista en la Casa de la Cultura de Alte. Brown.








                 Fotografías de                                                  Septiembre / Octubre de 2015
                 Cristina Catania                                                        Raquel Saporiti

Otra Mirada

Otra Mirada


        A veces la palabra no alcanza y es necesario dibujarla, pintarla, encerrarla o liberarla.
        Desde el rectángulo, el plegamiento, el collage, son todas posibilidades que ayudan al grafismo.
        Virginia Vazquez Blanco, poeta, ha intervenido las fotos de los Libros de Artista.


         Esta es su expresión. La belleza otra vez triunfante.

NOVA CENTAUREA
33 POEMAS INTERVENIDO

ABRAZO POÉTICO

ESPERANDO UNA VOZ

33 POEMAS y NO ME OLVIDES

POEMAS PARA MIRAR y DIEZ POETAS ARGENTINOS...

NO ME OLVIDES (abierto)

ROLLOS DEL RÍO DE LA PLATA

VUELAN LAS PALABRAS

                                                                              Febrero 2015


Feria del Libro 2014

El 5 de Mayo del 2014 Raquel Saporiti presentó y firmó 

ejemplares de su último libro, "33 Poemas"





El ladrón

El ladrón




Alguien me está soñando.

Quiere saber mientras yo duermo;

los pensamientos, la electricidad en movimiento.

También unos agujeros negros

en los que desaparezco

para que no me sueñe.

Me acomodo en la oscuridad

y me cierro

así no puede leer el inicio del cuento.

Pero dudo y por ese espacio que deja

mi duda, el que me sueña, escribe:

“Alguien está soñando”

Rápido cambio la frase y lo delato,

“Hay un ladrón de sueños”

y sentada en el banco de piedra

pálida por la luz de las estrellas

pienso en el final del cuento:

Y lo escondo en el negro agujero

que ha dejado su sueño.

  


                                                                            9/2013.- R.Saporiti

Urbanas

Urbanas




¿Señor, señor, ¿me podría poner una estrella en la cabeza?
 No quiero un tatuaje, ni un dibujo en tinta china.
 Quiero la luz para ver colores y palabras
 y el mundo después de tanta ausencia.
 ¿ Cómo será la palabra con su canto?
 Quiero ver  graffiti en las paredes
 sensuales, provocadores, de colores agresivos
 y textos incomprensibles.

 La luz de mi estrella lee en la pared
“ Titi, te amo para siempre” al lado de un
jeroglífico de azules y turquesas con carmines
de carmenes pasadas de moda, ya olvidadas.
Alguien tiró un aerosol por la ventana
de ondas gigantes, espaciales.
Y se han dibujado como en espejos enfrentados
otras imágenes: una calesita, un malabarista,
un caballo que puede bailar como en un circo
Y dos leones gigantes con nombre propio:
Franco y Gianluca ( Quizás esté en Italia)

Mientras los leones rugen en signo de pelea
y Titi se lee feliz y enamorada,
llegan unos hombres con altas escaleras
tachos, brochas y pintura blanca;
con rapidez profesional, matan a los leones
enlazan al caballo y lo atan al poste
y a Titi le dicen: “ Andá para tu casa.”
A medida que crece el blanco puro y duro,.
el malabarista cae al suelo y los avioncitos,
los autos de carrera y los patos amarillos
huyen de la calesita.
Cuando terminan, mi estrella se ha apagado,
pero no me resigno y sigo el camino donde
pintan estrellas en la frente y entonces conocés
palabras nuevas y leones con nombre propio,
calesitas antiguas y alguna carmencita dormida
por el tiempo, que capaz era una intriga.  


     


                                                                           agosto de 2013 R. Saporiti

Mojitos

Mojitos



               A Marisa le temblaban las piernas en la puerta del café, “ La bodeguita del medio”  se veía oscura y fresca desde la puerta . El sol la había enceguecido y no lograba encontrar a Ernesto, pero lo intuía como siempre, acodado en el mostrador con tres o
 cuatro copas vacías, muestras de los mejores mojitos que se había tomado.
              Igual levanto la cortina y caminó a tientas hacia el lugar que presumía estaba
el escritor , oyó su risa contagiosa en los oídos y en la piel.
            - Hola, dijo temerosa, y el hombre la abrazó haciéndola desaparecer entre sus brazos y su enorme cuerpo. ¡ Hola guapa! , ¿ cuando llegaste? ¡ Que alegría verte!
              La muchacha se separó del abrazo para poder respirar y contestó –Esta mañana
en el vuelo de las 10 y 30. -Sabés que no tenemos mucho tiempo y según me dijiste hay medio libro para corregir.-¿ Por qué no nos ponemos a trabajar? No bebas mas, vamos al hotel.
- No tengo ganas , lo que escribí es una porquería y no merece la pena corregirlo.   
 - Mozo! dos mojitos con mucho limón-
             Marisa suspiró resignada. Había que tener mucha paciencia con ese hombre y mu-
cho valor para arrancarle las carillas que había escrito. Al rato Ernesto estaba borracho .
             La chica lo ayudó a llegar al hotel, lo acostó, le sacó los zapatos y le aflojó el cin-
turón. A los diez minutos Ernesto roncaba y la muchacha se acercó a la mesa donde estaban las carillas apiladas. Ahí dudó. El título de una de las pilas decía el “Viejo y
el Mar”, la otra “El hombre que grita”. La conmovió la imagen de un hombre que grita.
Y eligió. Recogió las carillas del “Hombre que Grita” y las metió en su bolso, se acerco al hombre  dormido y lo besó en la boca. 
-Adiós viejito y gracias. Si lo termino podré viajar a Francia-  Salió en puntas de
pie, cerrando en silencio la puerta del cuarto de hotel.




                                                                                                   R. Saporiti
                                                                               

La fidelidad de Petrus

La fidelidad de Petrus




La puerta estaba abierta, por la calle pasaba la gente y
vislumbraba el interior de la casa. Techo de madera, la-
drillo a la vista y unas cortinas voladoras color lila. To-
dos querían saber quien vivía allí,  jamás se había visto
gente; sin embargo la casa estaba habitada. Los provee-
dores dejaban sus mercancías, el pasto lucía cortado y
un perro gigante, como de piedra, dormía todo el día en
el umbral de la puerta.
A la noche la puerta se cerraba, y la luz desaparecía jun-
to con el perro. A la mañana todo comenzaba: la luz del
sol en las cortina lilas, el techo de madera y el jardín apa-
recía regado.
Petrus, le habían puesto los vecinos al perro, que inmóvil
montaba guardia.
Así pasaron los días, los meses y algunos años. Petrus apa-
reció muerto un día. La puerta quedó cerrada, el jardín co-
menzó a secarse y el techo de madera se pudrió. Todavía
algunos vecinos pasan para ver la casa derruida y el jardín
abandonado. Y se preguntan ¿ a que amos soñaría Petrus
cuando soñaba con una cortina color lila, un techo de pino,

 un jardín húmedo y fresco? 

                                                 R. Saporiti 

La milonga


La milonga

Rosita vestía de rojo. Pollera corta y ajustada, zapatos aguja, medias caladas y una gran flor en el sombrero.
Y si. Ella bailaba con sombrero. En la pista cuando sus compañeros ocasionales la tomaban de la cintura, nunca podían apoyar la mejilla en la suya color durazno. Así que eran tangos de poco contacto físico. Dos manos enlazadas.
Las otras, una en la cintura de ella y otra en el hombro del varón.
La milonga estaba en la calle Corrientes. Los concurrentes eran casi todos habitués; oficinistas, maridos engañadores, tipos que morían por bailar tango.
Y en esos lugares aunque no eran de levante siempre algún amorcito se gestaba. Las mujeres eran casi todas grandes, como diría el poeta todas minas de gran corazón. Rosita tenía cuarenta y pico y aún acunaba la esperanza de un gran amor. Así que religiosamente todos los jueves a las cinco de la tarde entraba en “ El cuartito “ y por dos horas no era la mucama de Recoleta con la tarde del jueves franco. Ahí era Rosita la mas buscada por mejor bailarina. Al entrar se sacaba las chatitas, se calzaba los tacos y se ponía el sombrero. Se sentaba en una mesa con algunas conocidas y esperaba el cabeceo de un oficinista escapado en un trámite. Siempre con el sombrero puesto. La flor hacía cosquillas en la cara del bailarín que a la segunda pieza desistía de continuar con ella, esa mezcla de baile y levante que es el tango.
Pero un día entró un tipo al que ella siguió con la mirada. Morocho, peinado para atrás, traje a rayas y zapatos charolados. Enseguida le gustó. El tipo era morocho pero de ojos verdes. Y a Rosita la podían los ojos verdes. Lo siguió, lo siguió y lo siguió con la mirada. Hasta que el morocho sintió que unos ojos lo traspasaban y caminando alrededor de las mesas , se enfrentó con la mujer. Y le gustó. Le gustaron esos ojos negros y esperanzados. Así que decidido fue a la antigua y extendiéndole la mano le dijo: _ ¿ bailás?_ Entonces Rosita se sacó el sombrero.

5/6/2013 R.Saporiti

Aproximación a Macedonio

Aproximación a Macedonio



Cuando un hombre enviuda, que le queda sino morir?
Ya su cama no tendrá sábanas y frazadas, el se tapará
con el diario del sábado y permanecerá tres días seguidos
así abrigado y en silencio. Pasado este primer duelo
le seguirán otros, para toda la vida. Ahora ha comprobado
que la muerte es cierta y a él le ha tocado sufrir tempra-
namente su presencia. Su desconsuelo es grande y en lo
profundo del pensamiento tiene miedo. Ninguna estratage-
ma  a nadie salva y él también está condenado.
Con la muerte tan cerca se hace aire la palabra. Inventa la
novela dentro de la cual transcurre la vida y él es su
personaje principal. Suceden muchas muertes en la historia;
cada vez que intenta un personaje, al tiempo muere. Rápida-
mente debe inventar otros, de lo contrario se acabaría la no-
vela y el también moriría. Así con esta presión de por vida
el escribe con dulzura e inteligencia la novela eternamente;
y cada uno de nosotros lo ayudamos en silencio y con mo-
destia a conservar los personajes. Cuando pese a todo algunos
mueren y él empieza a ponerse  nervioso, resucitamos los que
amamos esta historia; eternamente será leída y renovada su
lucha por vivir aunque sea dentro de una novela.

                                                          R. Saporiti



Cuarenta y nueve

                                               Cuarenta y nueve  



          Se llama Jesús. Es flaco y feo. Jesús mira a su hermano en la comisaría donde trabaja. El hermano le anuncia que a su primo Alberto lo han baleado. Por accidente. Por estar en la puerta de su casa. Por no entrar rápido a la casa cuando vio las motos. Pasaban  por el frente disparándose como pistoleros del far west. Y la ligó. Una bala casual
le perforó los intestinos, le recorrió todas las curvas y se alojó sin salida en el hueso de
la cadera.
          Está gravísimo, le cuenta. Lo están operando, le dice.
Jesús es un policía joven, sin experiencia. Pero en su casa son muy devotos y el va todos los domingos a la iglesia. Así que mientras avisa a su jefe, una parte de su cerebro
se pone a rezar. “ Padre nuestro”...
          Mientras en el quirófano el cirujano lava a fondo los intestinos. Sutura, agrega, acomoda.
          Alberto sueña. Sueña que el sol de Corrientes lo baña, lo acaricia. Tira de la caña
y el pacú se sacude para no morir asfixiado.
          Cuando le arranca el anzuelo de la boca, algo de sangre le mancha las
manos, por mas que el cirujano trabaja contra reloj, la sangre de Alberto le mancha los brazos, los pantalones, los pies. Jesús reza el Padrenuestro N° 49. Justo la edad de Alberto. Hoy, justo hoy, Alberto cumple 49.
          Ya pasaron 5 horas y el anestesista controla. El médico lo mira. El anestesista le devuelve la mirada y con los ojos le dice: “Apurate” Alberto abre con destreza la panza
del pez le saca las tripas y lo lava en las aguas del río entre amarillo y marrón.
          Jesús está agotado. Tanto rezar lo ha dejado agotado. El cirujano ya está cosiendo; pone un tubito, le ofrece la frente a la enfermera y esta le seca el sudor con unas gasas. Está agotado. Cinco horas de trabajo sin parar. Alberto está agotado. Cinco horas al sol por un pacú de porquería, para lucirse ante sus amigos. Mira al pez y realmente es bastante grande.
           El sol se ha escondido y casi no se ve. Empieza a caminar buscando el sendero que lo llevó a la orilla del río. Se equivoca y se interna en el monte cerrado. Alberto sigue con los ojos cerrados. Lo ponen en terapia. Jesús reza.
            Ahora el cirujano fornica con la enfermera para aflojar la tensión . Al rato empieza a amanecer y Alberto sale del monte y encuentra el sendero.  Piensa en su cumpleaños. Está contento. Aún es joven, recién tiene 49.